Desde bien pequeña, aunque jamás se implico en materia, veía a su padre cámara en ristre, viajando por las diferentes ganaderías de lidia de la comarca. Sin apenas pretenderlo ni entenderlo, masticaba la fascinación del progenitor por la fotografía. A veces, se entretenía en mirar algunas de sus fotos, eso sí, nunca se perdió ninguna de sus exposiciones, allí desde su inmensidad y pura nobleza, daba importancia a todo lo de su padre. Cuando Laura comenzó a descubrir la otra vertiente fotográfica de su padre, la de modelaje, muchas veces se quedaba perpleja, viendo que, esas instantáneas que hasta ahora solo había visto en las revistas, su padre, era capaz de acometerlas. Pero Laura, jamás pretendió introducirse en el arte de la fotografía y aún menos, ser modelo. Un buen día de finales de verano, en campos de la Serranía de San Vicente, padre e hija respiraban la sensatez, frescura y magia de la pura naturaleza. El padre, comenzó a sacar fotos a su hija. Surgió algo especial, la frescura de lo innatamente natural, en una niña de 19 años que nunca jamás se había puesto delante de una cámara de fotos, excepto para los típicos acontecimientos sociales. Laura, sin ser modelo ni pretenderlo, sin pasar por escuelas ni academias interpretativas, sin ninguna experiencia... tan solo a través del torbellino de su pura expresión, dulzura y genuina condición interpretativa que, ella nunca jamás había descubierto, mostró con creces tener más cualidades y mejores condiciones que muchas de las que se denominan profesionales o experimentadas. Nada mejor que la expresión natural innata, nada más gratificante que la genialidad de quien lo es por naturaleza y no puede evitarlo, nada más emocionante que ser fotógrafo de una niña fascinante que es tu hija. Gracias, mi adorada niña por ser así de sublime en todo cuanto tocas. Sabes que te adoro.

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