La paridera

Por: Felipe Medina

Llega la larga noche de enero a la dehesa,

impasible expresión de invierno melancólico

en tierras de campos bravos de Castilla,

luz de paridera, certidumbre de bravura.

 

Techo de firmamento despejado,

alfombra ajada de hielo adusto,

ubres de vacas que alimentan;

graciosa estampa de trance de la casta.

 

Vigoroso e impasible el toro padre,

dueño, señor, divisa y gallardía.

Toro de vigor incontenible,

que siembra la bravura misteriosa.

 

Emplazado, inalterable,

vigilante, altivo e impasible,

señorea su pujanza el toro padre,

estoico, dominante, inquebrantable...

  

Separan al becerro de la madre,

fajina de vaqueros adiestrados,

que surcan sus monturas por cercados,

de la tierra que ha sido paridera

y ahora es rabioso gemido inconsolable.

 

Destetado el becerro de la madre,

asustado, confundido, abatido...

escucha los gemidos de las hembras.

Ubres, que el destino de la casta han sustentado,

ahora es lamento y ‘quejio’ desesperado.

 

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