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Llega la larga noche de enero a la dehesa,
impasible expresión de invierno melancólico
en
tierras de campos bravos de Castilla,
luz
de paridera, certidumbre de bravura.
Techo de firmamento despejado,
alfombra ajada de hielo adusto,
ubres de vacas que alimentan;
graciosa estampa de trance de la casta.
Vigoroso e impasible el toro padre,
dueño, señor, divisa y gallardía.
Toro
de vigor incontenible,
que
siembra la bravura misteriosa.
Emplazado, inalterable,
vigilante, altivo e impasible,
señorea su pujanza el toro padre,
estoico, dominante, inquebrantable...
Separan al becerro de la madre,
fajina de vaqueros adiestrados,
que
surcan sus monturas por cercados,
de
la tierra que ha sido paridera
y
ahora es rabioso gemido inconsolable.
Destetado el becerro de la madre,
asustado, confundido, abatido...
escucha los gemidos de las hembras.
Ubres, que el destino de la casta han sustentado,
ahora es lamento y ‘quejio’ desesperado. |