Por: Felipe Medina

En memoria de Consuelo (*7-01-1958 +10-11-2006), mi siempre amada esposa. Porque la muerte, no es obstáculo para el amor.


Es tan grande el dolor que te desgarra,

que tus carnes se contraen,

tus huesos se arquean,

tu sentido se troncha,

tu fuerza se hace llaga

y tu lamento, que a mi alma descuartiza,

rompe tu voz, tu expresión y tu mirada.

 

No hay morfina en el mundo que lo pare.

Es una lanza punzante que penetra,

es un engendro de colmillos incisivos,

es una espada puntiaguda,

es una llama que quema y desmembrana,

es una bestia que devora con saña,

es una astilla de puntas aceradas…

 

Es la fuerza impenetrable del quejido,

que clama al cielo y quita hasta el sentido.

Es un hábito negro, macabro y sigiloso,

que ronda alrededor con la guadaña..

Es la vida que se escapa por las llagas

y un ave negra de rapiña,

viene a cuartear nuestras entrañas.

 

Ya no hay oración, crucifijo ni rosario.

Es tal el dolor que te consume,

que hasta la férrea fe ha extirpado

y solo se escucha de tu boca:

llévame Dios mío de una vez,

quítame este dolor insoportable

y déjame descansar junto a mi madre”.

 

No hay morfina en el mundo que de alivio,

no hay medicina que la ciencia haya inventado,

que te sane del dolor y del delirio,

que te de paz, alivio y respiro

y te saque del infierno donde sientes,

los mismísimos remaches de Cristo

y su lanza clavada en el costado.

 

Ya te traen la inyección que te seda hasta el aliento,

un fluido que te deja perturbada,

una pócima que tapa tu mirada.

Ya no tienes dolor, ni sentimientos,

ya se acabó el clamor y el sufrimiento.

La dama de hábito negro te ha situado en la antesala

de la muerte que en tu martirio aclamabas.