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Es tan
grande el dolor que te desgarra,
que tus
carnes se contraen,
tus
huesos se arquean,
tu
sentido se troncha,
tu
fuerza se hace llaga
y tu
lamento, que a mi alma descuartiza,
rompe
tu voz, tu expresión y tu mirada.
No hay
morfina en el mundo que lo pare.
Es una
lanza punzante que penetra,
es un
engendro de colmillos incisivos,
es una
espada puntiaguda,
es una
llama que quema y desmembrana,
es una
bestia que devora con saña,
es una
astilla de puntas aceradas…
Es la
fuerza impenetrable del quejido,
que
clama al cielo y quita hasta el sentido.
Es un
hábito negro, macabro y sigiloso,
que
ronda alrededor con la guadaña..
Es la
vida que se escapa por las llagas
y un
ave negra de rapiña,
viene a
cuartear nuestras entrañas.
Ya no
hay oración, crucifijo ni rosario.
Es tal
el dolor que te consume,
que
hasta la férrea fe ha extirpado
y solo
se escucha de tu boca:
“llévame
Dios mío de una vez,
quítame este dolor insoportable
y
déjame descansar junto a mi madre”.
No hay
morfina en el mundo que de alivio,
no hay
medicina que la ciencia haya inventado,
que te
sane del dolor y del delirio,
que te
de paz, alivio y respiro
y te
saque del infierno donde sientes,
los
mismísimos remaches de Cristo
y su
lanza clavada en el costado.
Ya te
traen la inyección que te seda hasta el aliento,
un
fluido que te deja perturbada,
una
pócima que tapa tu mirada.
Ya no
tienes dolor, ni sentimientos,
ya se
acabó el clamor y el sufrimiento.
La dama
de hábito negro te ha situado en la antesala
de la
muerte que en tu martirio aclamabas.
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