Por: Felipe Medina

En memoria de Consuelo (*7-01-1958 +10-11-2006), mi siempre amada esposa. Porque la muerte, no es obstáculo para el amor.


Por las noches, te veo en la casa,

tu cabello dorado es áurea radiante,

una túnica blanca envuelve tu cuerpo.

Tu mirada es serena, tu piel pálida;

tus ojos, azul de mar y tu presencia cálida.

No es esquizofrenia la imagen que presiento,

no es paranoia de amor vilmente quebrantado.

 

Te veo por las noches en la casa

y aunque nos separe el infinito de la muerte.

me continúas subyugando con delirio.

Sigues siendo eterna sonrisa enamorada,

que cautiva mi alma desgarrada.

Y siento alivio cuando con tu lúcida mirada,

enjugas mis lágrimas con tu estela plácida.

 

Noto tu porte a través de la quietud de la noche

y me niego a dormir, buscando tu presencia.

Te busco en la oscura soledad,

te llamo desde un clamor ahogado,

te aclamo desde mi corazón acuchillado

y cuando se abren las llagas de mi esencia,

siempre te encuentro en el remanso del silencio.

 

Quisiera ser el polvo triturado de tus huesos,

quisiera estar en la urna donde reposan tus cenizas,

y que el fuego me hubiera consumido mi piel y mis entrañas.

Quisiera haber arrebatado tu mortaja

y haber ocupado tu lugar entre las tablas.

Quisiera haber sido la piel fría

que quemó mis labios cuando me eras desprendida. 

 

Ahora, son nuestras hijas tu altar y mi oración,

ellas, son tu legado y tu esencia.

Son el sonido de tu boca,

sangre de nuestra sangre,

luz de tu mirada

y fiel reflejo de tu fuerza de mujer.

Sublime herencia que me obliga a amanecer.