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Por las
noches, te veo en la casa,
tu
cabello dorado es áurea radiante,
una
túnica blanca envuelve tu cuerpo.
Tu
mirada es serena, tu piel pálida;
tus
ojos, azul de mar y tu presencia cálida.
No es
esquizofrenia la imagen que presiento,
no es
paranoia de amor vilmente quebrantado.
Te veo
por las noches en la casa
y
aunque nos separe el infinito de la muerte.
me
continúas subyugando con delirio.
Sigues
siendo eterna sonrisa enamorada,
que
cautiva mi alma desgarrada.
Y
siento alivio cuando con tu lúcida mirada,
enjugas
mis lágrimas con tu estela plácida.
Noto tu
porte a través de la quietud de la noche
y me
niego a dormir, buscando tu presencia.
Te
busco en la oscura soledad,
te
llamo desde un clamor ahogado,
te
aclamo desde mi corazón acuchillado
y
cuando se abren las llagas de mi esencia,
siempre
te encuentro en el remanso del silencio.
Quisiera ser el polvo triturado de tus huesos,
quisiera estar en la urna donde reposan tus cenizas,
y que
el fuego me hubiera consumido mi piel y mis entrañas.
Quisiera haber arrebatado tu mortaja
y haber
ocupado tu lugar entre las tablas.
Quisiera haber sido la piel fría
que
quemó mis labios cuando me eras desprendida.
Ahora,
son nuestras hijas tu altar y mi oración,
ellas,
son tu legado y tu esencia.
Son el
sonido de tu boca,
sangre
de nuestra sangre,
luz de
tu mirada
y fiel
reflejo de tu fuerza de mujer.
Sublime
herencia que me obliga a amanecer.
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