Las putas

 

Por: Felipe Medina

 

 
 

“... gracias a ellas, podrá preservarse la honestidad de las casadas y la virginidad de las solteras”. 

San Agustín

 Se estima que cada año en todo el mundo ingresan en el comercio sexual más de un millón de menores, ello es un claro síntoma de degradación y miseria social. Además, no olvidemos que las personas que llegan a ejercer la prostitución lo hacen en situaciones muchas veces de absoluta precariedad, violencia física y psicológica, sin las mínimas condiciones higiénicas, de salud o laborales y, además, apartadas socialmente; en constante amenaza, sin acceso a los procesos públicos educativos o de reinserción y por otra parte, produciendo un importante flujo de dinero negro en manos de mafias organizadas que, a su vez, generan problemas añadidos de delincuencia e inseguridad ciudadana. Son mujeres que han llegado a nuestro entorno, procedentes de países del Este, África o Sudamérica. Se encuentran a millares en los núcleos urbanos de nuestras ciudades o en clubs de alterne. Vinieron en busca de una vida mejor o ilusionadas con falsas promesas y se han encontrado con un callejón sin salida que las degrada a la más pura esclavitud.

Lo peor de todo, son las mafias y redes de explotación sexual y de trata de blancas que se dedican a endosar a niñas y menores de edad en base a uno de los más tenebrosos negocios que mueve miles de millones de euros y da satisfacción a la farisaica moralidad del género humano. Y es que, de la tentación de la carne, no se escapa nadie, ni curas, ni políticos, ni pobres, ni ricos. Todos, o casi todos, en una u otra medida, desde el más puro cinismo e hipocresía han caído en la tentación, para después, rasgarse las vestiduras desde la retórica clerical, las poltronas de los políticos o la pedantería que suele ejercer de manera tan habitual el ser humano.

Conviene recordar que los niños y las mujeres explotadas sexualmente en algunas partes del mundo (por ejemplo Brasil) forman parte del mercado "turístico" y esto, es grave, muy grave.

El prostituismo que se ejerce a través de mafias y que endosa a menores y extranjeras, podría tener una solución, pasando eso si, por férreos compromisos sociales, políticos, educativos, sanitarios, policiales y judiciales. Pero existe un prostituismo sumergido que es difícilmente controlable y es ejercido por un variopinto abanico de mujeres de todos los estamentos sociales y culturales en busca de dinero rápido, soluciones inmediatas a sus necesidades o el mero hábito de una vida fácil. Ya lo dice la sabiduría popular: “lo que no sale de la uñeta, sale de la castañeta”.

Desde la estudiante procedente de familias modestas que reside fuera de su casa y se encuentra agobiada por gastos y privaciones, a la niña caprichosa que necesita un status de vida marcado por el derroche, la opulencia y el consumismo a mujeres desesperadas, víctimas del paro, la crisis o rupturas matrimoniales que, privadas de ayudas y medios económicos, recurren a la prostitución para hacer frente a la hipoteca, las letras o poder sacar adelante a su familia. En algunos casos, lo más fácil para la farisaica sociedad acomodada es expresar: “que friegue escaleras”; pero, no es en absoluto así de sencillo. Cuando de súbito la vida sacude con saña en algunos seres humanos, cunde la angustia y la desesperación ante un vía crucis que arrasa con la estabilidad, equilibrio o salud y no se vislumbran otras puertas de salida.

A mucho que digan políticos, curas y oeneges, el prostituismo es una lacra social que para poder ser al menos controlado, haría falta en primer lugar que los seres humanos desnudásemos nuestras miserias, nos mirásemos al espejo e hiciésemos un nítido y amplio análisis en torno a nuestra mezquindad, indiferencia e insolidaridad ya que, es materia que compite no solo a políticos, clérigos o activistas sociales, pues en alguna medida, una buena parte de los viandantes hemos mirado en un momento dado de nuestras vidas a alguna prostituta con deseo o desprecio.