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Es del todo comprensible y meridianamente claro que, en un estado del bienestar, donde se ponen a nuestra disposición infraestructuras, prestaciones sanitarias, justicia, educación, pensiones, etc., hemos de ser entre todos los ciudadanos los que soportemos los costes que suponen el desarrollo y sostenimiento de los servicios y medios que se ponen a nuestro alcance y por su puesto, en base a los ingresos que perciba cada contribuyente. Hasta ahí, pienso que todos podemos estar más o menos de acuerdo pero, haciendo un detenido análisis de todos y cada uno de los impuestos que soportamos, yo al menos, observo ciertas incongruencias por una parte y por otra, un sangrante sistema fiscal, en cierto modo desproporcionado. Para empezar, pensemos que nuestro sistema impositivo se lleva en torno al 50% de lo que percibimos. Esto, como mínimo, ya que, si desgranamos el racimo de tributos que soportamos de manera constante, probablemente nos sorprendamos. No soy nada experto en cuestiones económicas pero, me atrevo a relacionar algunos de los impuestos que, en una u otra medida nos afectan. Comencemos por los denominados impuestos directos: impuesto sobre el rendimiento de las personas físicas (I.R.P.F.), impuesto de actividades económicas, impuesto sobre bienes e inmuebles (contribución), impuesto sobre vehículos de tracción mecánica, impuesto sobre el incremento del valor de los terrenos (plusvalía), impuesto sobre el valor añadido (I.V.A.). Hay que añadir, los impuestos y arbitrios municipales que establece cada Ayuntamiento, la zona azul; también, aunque indirectamente la I.T.V.; de manera subjetiva, las sanciones de tráfico y por su puesto, las cuotas a la seguridad social. En cuanto a los impuestos indirectos, la cuestión es un tanto sorpresiva y en cierto modo despiadada ya que, por hacer uso de servicios básicos como la luz, agua, teléfono, medicinas, seguros o servicios bancarios, se nos cobra un buen pellizco que va a parar al erario público. Pero igualmente, cuando compramos un vehículo, una vivienda, gasolina, tabaco o bebidas alcohólicas, una fracción de lo que nos gastamos se destina a impuestos. Por tanto, haciendo un simple calculo en torno a lo que percibimos por nuestro trabajo y a tenor de lo que pagamos al Estado entre impuestos directos e indirectos, a bote pronto se podría apreciar que, de lo que ganamos, probablemente bastante más del 50% vaya a parar al erario público. En resumidas cuentas se podría decir que, cada vez que nos metemos la mano en el bolsillo, una fracción del dinero que usamos va a parar a hacienda. Por poner un ejemplo y para hacernos una clara idea de los que puede recaudar el Estado, podríamos fijarnos en la gasolina ya que, más de la mitad de lo que abonamos en el surtidor por cada litro que repostamos son impuestos. Así las cosas, podríamos decir de manera diáfana y contundente que más de la mitad de nuestra jornada laboral y su consiguiente esfuerzo y remuneración va a parar directamente a las arcas del Estado. Y como podremos suponer, la ingente cantidad de dinero que amasa Hacienda, es incalculable, al menos para un neófito como yo. Eso si, es como para pensar que sería suficiente administrar el Estado con menos impuestos o por el contrario, recibir unas prestaciones en la medida real del dinero que pagamos. Y no se si sería descabellado pensar que tendríamos derecho, de no ser por el despilfarro, a nadar en la abundancia. Y digo despilfarro porque tener 86.000 concejales, casi 9.000 alcaldes, 17 Presidentes de Autonomías, casi 1.600 parlamentarios autonómicos, 350 diputados en Cortes, 300 Senadores, 200 parlamentarios en Estrasburgo, una Casa Real, 20 Ministros y todos sus adláteres -paradójicamente a menor rango, mayor sueldo, hay alcaldes que ganan mas que el presidente del Gobierno-, todo esto para un país tan pequeño como el nuestro, es un derroche que nos priva de más y mejores prestaciones, más tecnología punta, ayudas a las familias, estudiantes, empresarios, pensionistas, mejores comunicaciones e infraestructuras, incentivo al ahorro o inversión, una sociedad más equitativa y más calidad de vida. Pero de todo ello, nos privan los políticos a través de su peculiar reparto de la tarta. La gigantesca, inconcebible e inservible maquinaria política de un sistema capitalista y vetusto que se esconde tras la nebulosa engañifa de la democracia ha terminado por convertirnos en esclavos del sistema y hacer, más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Somos meros contribuyentes del Estado y vulgares consumistas, en un desaguisado social que da la espalda al pueblo y en el que los obreros cada vez tenemos menos recursos. Para muestra, la actual crisis, en la que el Gobierno decide dar toda clase de ayudas a los más poderosos y paradójicamente responsables del grave desaguisado económico. Todo ello, a costa de nosotros, los contribuyentes, quienes sin embargo, ante el diluvio que esta cayendo, nos encontramos sin ningún tipo de apoyo, ni siquiera el de ellos, la tribu política, que si están ahí es gracias al sudor, esfuerzo y privaciones de quienes trabajamos.
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