Todo para el pueblo, pero sin el pueblo

 

 

 

Por: Felipe Medina

 

 
 

El despotismo ilustrado fue la forma de gobierno que algunos monarcas europeos (siglo XVII), intentaron aplicar a principios de la Ilustración sin renunciar a ninguno de sus derechos. "Todo para el pueblo, pero sin el pueblo". Daban educación (aunque no excesiva) y sanidad, para tener al pueblo contento. En esencia, se trata de una forma de poder, sin contar con la opinión de los ciudadanos. No muy diferente de las formas de administración de los actuales gobiernos.

Y no solo no se cuenta con el pueblo, ni tampoco cuenta este, excepto para recaudar impuestos y amasar votos. Veamos si no, como todos los días ocurren pequeños dramas de los que casi nadie se entera y a los que el gobierno y las administraciones dan la espalda. Por ejemplo, la tienda de equipos informáticos que dos recientes licenciados universitarios abrieron el año pasado, fue traspasada ayer, la situación era insostenible, lo que comenzó siendo un floreciente negocio, de súbito se ha convertido en una desolada exposición de elementos informáticos que solo generaba deudas. Al mismo tiempo, el bar de la esquina se cierra, de la noche a la mañana, después de nueve años funcionando. Así son las cosas, y el caso es que no parecía que les fuera tan mal. La tienda de suministros industriales, recauchutados y neumáticos de toda la vida, la de Fermín, que llegó a tener hace años ocho empleados, finalmente ha cerrado, mandando a la calle a los tres que le quedaban en los últimos tiempos...

Así, con esta imparable cadena de pequeños fracasos, se construye la miseria de un país. Así se destruyen los puestos de trabajo. Se trata de una debacle continuada, en la que el endeudamiento, la cada vez más acuciante falta de poder adquisitivo, el desempleo y el inquisitivo proceder de banqueros y jueces contra quienes quedan en la estacada laboral y económica, va dejando una estela de desolación y deterioro social que jamás aparece en los periódicos ni es objeto de reivindicación por los sindicatos. Por cierto, ¿cuál es el papel de los sindicatos ante la hecatombe que padecemos los más débiles?

Sin embargo, el partido de Zapatero que, triste y sorprendentemente se autodenomina socialista y obrero, a través de una total opacidad reparte entre los bancos nada menos que cien mil millones de euros procedentes del erario público. Pero, ¿quién nos ayuda a los obreros?, ¿quién ampara a las familias ante la agobiante situación de paro, escasez de dinero, pago de hipotecas y falta de recursos? El pastel, generado a través de los impuestos que los obreros pagamos al Estado, solo tiene una porción y está, es únicamente para los todopoderosos banqueros, quienes precisamente han propiciado el desplome económico y se embolsan vastos dividendos en beneficios. Sin embargo, los obreros no tenemos ningún recurso de amparo, ni el Estado, ni los sindicatos y ni mucho menos los bancos que, cual sanguijuelas, amasan inmensos beneficios y negocios.     

En España la clase política que nos gobierna -desde el Gobierno y desde la oposición- piensa que los ciudadanos somos menores de edad. Gentes ignorantes e incapaces de tener opinión. Por eso -unos y otros, PSOE y PP- defienden que este tipo de asuntos y tantos otros deben ser gestionados en secreto: Todo para el pueblo pero sin el pueblo. Está claro que nos engañaron cuando nos contaban aquello de que la transparencia de los asuntos públicos era la garantía de la democracia.

España se muere, esta en coma profundo, mientras tanto, los políticos que gobiernan esta España rota (¡socialistas y obreros!...) entregan a los banqueros centenares de miles de euros, hacen pleitesía en la Casa Blanca y nos arrojan a la cara los muertos de la contienda civil española.

Los políticos son unos totales inútiles y descomunales déspotas ante los acuciantes problemas que asolan a España. Solo ellos han creado la actual antesala que soportamos de tiempos muy duros y enormes necesidades: el paro, la baja natalidad, la vivienda, el nefasto sistema educativo, el envejecimiento de la población, el decreciente poder adquisitivo, la inmigración, la masificación de la sanidad, la corrupción…

En suma, es como aquel despotismo ilustrado de las monarquías del siglo XVII: todo para el pueblo pero sin el pueblo. Lo que cada vez me lleva a estar más de acuerdo con el inmortal y genial Fernando Fernán Gómez, que reconocía la anarquía como única solución y salida ante la fecal situación social que han propiciado los políticos.