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LOS COJONES DEL PAPA Y DE LA JUSTICIA
Por: Felipe Medina
A bote pronto, mis queridos lectores, se habrán quedado, al menos extrañados con el título de mi artículo, y debo reconocer que no es para menos, pues admito roza lo obsceno, grosero y vulgar. Pero todo tiene su explicación. Y de seguro, que muchos de los que estoicamente aguanten hasta el final mi trabajo de investigación, después, entenderán perfectamente la intención del enunciado de mi ejercicio literal que, por cierto es mi deseo presentarlo con las debidas connotaciones históricas, científicas y además, intentado establecer una clave de humor, que creo viene muy a cuento. Pero vayamos al grano.
Comencemos por el
origen de la palabra “testificar”. Según averiguo, su origen es
ciertamente confuso, ya que hay varias versiones y en ninguna de las
diferentes fuentes se ponen de acuerdo. Por ello, decido dar a mis
indagaciones, una pincelada personal que espero que el paciente lector
sepa disculpar. Hablando de estos “pequeños testigos” otra versión del “Testificar” nos dice que su procedencia corresponde a que a falta de Biblia, los romanos juraban decir la verdad apretándose los testículos con la mano derecha y que de esta costumbre romana procede la palabra testificar.
Los romanos, daban
una mayúscula importancia al sexo, lo consideraban un regalo divino y le
daban un tratamiento que iba entre lo espiritual, sagrado y celestial.
De ahí el culto al sexo de los romanos y por eso, lo trascendental de
cuando ante los tribunales, alguien aposentaba con firmeza su diestra
sobre los genitales. A falta de la Biblia, estaban los testículos y ante
tan significativo ejercicio, se daba fe de lo que se declaraba. Eso si,
hoy por hoy y aunque proceda del mismísimo derecho romano, no puedo
imaginarme ante el juez Garzón a alguien que, antes declarar, se de eche
mano a los huevos para acreditar formal y solemnemente cuanto
testifique. Para el procedimiento de verificación del sexo del Papa, se fabricó una curiosa silla, acorde con las necesidades del control a realizar. El aposento tenía un orificio justo a la altura donde Su Santidad aposentaba sus venerables órganos genitales. Tras la oportuna comprobación, en la que como queda explicado, el Cardenal de turno, palpaba con sus propias manos los cataplines del Sumo Pontífice, debía pronunciarse en torno a su exploración con una curiosa frase: “son dos y están colgando”. Y para curiosidad, como ustedes habrán podido comprobar, la procedencia de algunas palabras. Bucear en la historia en torno a ellas, resulta ser un ejercicio fascinante que, sinceramente les recomiendo.
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