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Vivimos
tan de prisa que casi no te das cuenta por dónde has
pasado hace un instante, que te fuiste de casa esta
mañana sin dar un beso a tu esposa, que Eva, tu hija,
estrenó un vestido y no la dijiste nada o que tu hijo,
por fin aprobó el examen de recuperación de matemáticas
y no le diste la enhorabuena. Llevamos un ritmo de vida
tan acelerado que más bien parecemos máquinas en vez de
personas. Nos hemos robotizado y nos comportamos como
auténticos autómatas: el trabajo, la hipoteca, los
hijos, el fin de mes, la letra del coche, la cita con
Hacienda, la compra del fin de semana, la revisión del
coche, la reunión de la asociación de padres, la
catequesis de Pepito, la adolescencia de Eva, los
semáforos, los atascos, el pesado del vecino de arriba,
las canas, los tenebrosos telediarios, los impuestos, el
maldito jefe, el compañero pedante, la limpieza del
trastero, la crisis, la globalización, el infierno…
A las once, es la hora del bocadillo, tomo café,
enciendo cinco cigarrillos seguidos, no me apetece
fumar, pero lo hago, siempre digo que lo voy a dejar
pero nunca tomo una posición firme. Son las once y
cuarto, otra vez al tajo. Hemos hablado de fútbol, de
viagra, de política, de putas, de la crisis y de
Raimundo, un compañero muy pelota que lleva el coche del
jefe a pasar la I.T.V. y a cambiarle las ruedas y el
aceite.
El progreso ha puesto en nuestras manos una serie de
comodidades que están muy lejos de ayudarnos a ser
felices. Podrás llamar al messenger y ponerte en
contacto con tres personas al mismo tiempo, consultar tu
cuenta corriente a través del ordenador o mandar la foto
que le hiciste al escote de una compañera con el movil a
un amigo, pero si de los veintiocho vecinos que habitan
el edificio, sólo te relacionas con tres o cuatro a lo
sumo, seguirás aislado, incomunicado y perdiendo la
condición de persona. ¿Sería usted capaz de decir el
nombre y apellidos de cinco vecinos de los veintiocho
que componen la comunidad?, seguramente que no. Vivimos
una soledad entre multitudes que nos hace ser fríos,
distantes, insolidarios y egoístas.
No soportamos ser mediocres, nos obsesiona el fracaso,
el triunfo, el éxito, ser el mejor, dejar de envidiar
para ser envidiado, esa es la meta del menos ambicioso y
esa es la ceguera que nos impide ser un poco más
felices. Se sueña mucho y a veces se sueña lo imposible,
y cuando el listón se pone demasiado alto, ocurre que
aparece la frustración. La vida está llena de
frustrados, fracasados, gente con enorme lastre de
envidia y odio, gente cegada por el materialismo y el
dinero.
Nos preocupamos de los problemas de los demás pero no
con el propósito de solucionarlos, sino para eludir los
propios. Somos tan materialistas que no hacemos nada por
nadie de manera desinteresada y mucho menos de forma
altruista, porque eso supondría perder algo y no estamos
dispuestos a regalar nada.
Se dicen que la fe mueve montañas, aunque
desgraciadamente al hombre sólo lo mueve una cosa, el
dinero, el maldito dinero, y para demostrar el nivel de
dominio, el hombre exhibe su status, es decir, presume
ante los demás de su posición social. En las sociedades
primitivas el status se manifiesta a través de la fuerza
bruta, o sea, el más corpulento, se encontraba en una
posición social superior al más débil. Todavía hoy,
algunas personas, sobre todo jóvenes de escasos
recursos, continúan midiendo el valor del ser humano por
la fuerza física. En nuestra sociedad el status se
manifiesta por el poder del adquisitivo, ya se sabe:
tanto tienes, tanto vales.
Vivimos un clima de tensiones y presiones. El
hacinamiento en las ciudades, el ruido, el aburrimiento
del trabajo y el hastío, la frustración social, el
trabajo en condiciones conflictivas y el fantasma del
paro, siempre presente.
Esto nos lleva a caer en el estrés, una reacción a una
situación de conflicto que va más allá de nuestra
capacidad de resistencia y que ocasiona numerosos
trastornos al organismo, como: problemas gástricos,
alteraciones en el sistema nervioso y en el sueño,
problemas cutáneos, cardiovasculares, cáncer, etc.
Algunos de mis queridos lectores pueden pensar que mi
exposición es un mero criterio personal y que es una
forma muy negativa de ver la sociedad, otros pensarán
que esto lo encontramos así cuando llegamos al mundo y
que nada podemos hacer para cambiarlo porque así está
establecido, pues bien, tal vez tengan razón, pero quien
crea que no está contribuyendo a deshumanizar este
mundo, que tire la primera piedra. |