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Cuentos de ciencia ficción El holocausto y el sexo
Por: Felipe Medina
Antonio Bragueta, se vio abocado al divorcio por su indomable promiscuidad. De hecho, algún comentario excesivo le sitúan en establecimientos de alquiler de sexo a la sola semana de estar casado. Pero la gota que colmó el baso tuvo lugar hace algunos meses, cuando su esposa, tras visita obligada al ginecólogo recibió la sorprendente y desagradable noticia de que había contraído gonorrea. Tras el diagnóstico y manifiesto disgusto, la mujer de Antonio Bragueta, no aguantó más y puso las maletas de su esposo en el rellano de la escalera. Antonio, hombre apocado, inmaduro y esclavo de sus flaquezas, puso pies en polvorosa y se trasladó a una pensión tan cutre como sus pecaminosos pensamientos. Al poco tiempo de estar en la pensión, conoció a Dolores Conejo, una solterona cuarentona, entrada en carnes, descuidada, deslucida y desarreglada. Con solo ver unos calzoncillos, Dolores se ponía pezonera y chorreaba hasta los tobillos. Así pues, y como Dios los cría y ellos solo se juntan, Antonio y Dolores, comenzaron a compartir colchón, y a cualquier hora del día o de la noche, se podía escuchar el crujir del somier y el impetuoso frenesí de la feliz pareja que jadeaban con un ímpetu e intensidad que en ocasiones se hacía insostenible para los sufridos vecinos. Tras reiterados reproches del vecindario por la incesante escandalera sexual, a Antonio y Dolores se les ocurrió trasladar su bacanal a un local de ambiente liberal de la madrileña calle Vicente Caballero. En el establecimiento, se repartían parejas de diferentes edades practicando a libre albedrío lujuria, exhibiciones lascivas de todo tipo y desenfreno. Una tarde cualquiera de sábado, tal como venía siendo habitual casi todos los días, la pervertida pareja, se adentraba en el local liberal para dar rienda suela a su devoradora ansia carnal. Se apretaron en la repleta barra de aquel bazar del sexo, pero en aquella ocasión, el degenerado Antonio Bragueta, estaba desmoralizado por una noticia que había llegado a sus oídos a través de televisión, sobre la epidemia de la gripe A procedente de México. La trastornada mollera del depravado Antonio, era aquella tarde un cóctel de alcohol, obsesión por la información escuchada y una extraña y compulsiva manía, innata a su personalidad, en la que se mezclaban quimera, ficción y extravagancia. Dolores Conejo, provocadora, pezonera y chorreando hasta los tobillos, escuchaba las sentencias de su sexual pareja mientras se restregaba en la barra del establecimiento con un chabacano son de caderas y contoneo de culo. “Estos cabrones quieren arreglar la crisis y han lanzado un virus que esta infectando a media humanidad”, decía Antonio, a quien esta tarde, no se le ponía ni morcillona y continuaba desarrollando su macabra teoría: “Los chinos y los rusos ya han experimentado armas biológicas de destrucción masiva y ahora echan el maldito virus para cargarse a medio mundo y así los hijos de puta arreglan la crisis”. Antonio era increpado por Dolores que, desprovista de casi toda su ropa, lucia un conjunto de lencería blanco. Sus apretadas carnes, culo de pandero y hermosos pechos, eran sin duda, uno de los puntos de atracción del local. Una de las parejas más próximas, se hacía eco de las tenebrosas explicaciones de Antonio y se decidió a participar en el lóbrego monólogo: “Nos estás cortando el rollo, anímate hombre, aquí venimos a divertirnos”. Sin embargo, Antonio, en vez de amortiguar su espectral teoría de la crisis y el virus de la gripe A, volvía a dictar sentencia: “¿no os dais cuenta?, esto puede ser el holocausto y sobre todo en estos sitios, que andamos todos revueltos y en cueros. Imagínate que hay alguien con el maldito virus, no nos libraríamos ninguno”. “Por esa regla de tres –respondía la pareja colindante- si lo meten en los aparatos de refrigeración de edificios o transporte público imagina la que se lía. Se terminan en un instante los problemas del paro y de las pensiones”. Antonio Bragueta, apuraba su combinado mientras continuaba balbuceando en torno a lo que él denominaba un holocausto anunciado: “se veía venir, se veía venir…” Mientras tanto, el desenfreno continuaba en cada rincón del local liberal. Una mezcla de olor a desinfectante y sexo; jadeos y canciones de Manolo García; luces de penumbra y llamas de vela, eran el decorado de una bacanal que daba la espalda, permanecía absolutamente indiferente y totalmente distante al holocausto que según Antonio Bragueta, teníamos encima. Tan solo, el placer de la carne y el vicio, representaban algo trascendental para la pequeña masa que se congregaba en una guarida de sexo a discreción de la calle Vicente Caballero de Madrid.
Nota prudentísima: Cualquier coincidencia de identidad o física con la realidad es mera casualidad. El relato es una fábula y tan improbable con lo real como que el Alcalde de Talavera de la Reina llene el polígono Torrehierro de industria y convierta a Talavera en ciudad emblemática del progreso, el bienestar y la cultura.
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