Coltán

 

 

Por: Felipe Medina

 

 
 

Es probable que, muchos de ustedes, no hayan oído hablar del coltán: el “oro azul”. El nombre “coltán” procede de la abreviatura de columbita y tantalita, minerales que contienen este tipo de roca. De estos minerales se extrae el tantalio y el niobio, utilizados en distintas industrias de aparatos eléctricos, centrales atómicas, misiles, fibra óptica y otros, aunque la mayor parte de la producción se destina a la elaboración de condensadores, ordenadores portátiles, monitores, televisores planos o de plasma y teléfonos móviles. 

Las grandes multinacionales tratan de acaparar las minas africanas de donde se extrae este preciado material, mientras miles de personas, entre las que se encuentran niños, pierden la vida al tratar de hacerse con él. Las propias multinacionales y gobiernos intentan, a toda costa, silenciar el escandaloso genocidio que se esta produciendo en África a través de una cruel masacre para adueñarse de la explotación de este metal. En todos los países  denominados desarrollados, aunque en la mayoría de los casos no se sepa, todos lo utilizamos de manera habitual: teléfonos, ordenadores televisiones, tecnología punta...

La escalada de precios del coltán comenzó hace relativamente poco tiempo y tuvo que ver con el uso de tantalio para la fabricación de microchips de nueva generación que permitían baterías de larga duración en teléfonos móviles, videojuegos y portátiles. Los precios se dispararían aún más, unos años antes del año 2000, cuando comenzaron a escasear las reservas de coltán en Brasil, Australia y Tailandia. Como ejemplo ilustrativo, basta decir que, por ejemplo, la japonesa Sony tuvo que aplazar el lanzamiento de la segunda versión de la Play Station 2 debido a este inconveniente.

Ante todo esto, las miradas se habían vuelto hacia la República Democrática del Congo, país que posee el 80% de las reservas mundiales de coltán en el subsuelo de las provincias del Este, especialmente en los Kivu, fronterizos con Ruanda y Uganda, los más fieles aliados de EE UU en la zona.

El coltán puede considerarse como la principal causa del desencadenamiento de la última guerra en el Congo. Un conflicto que tiene su origen en agosto de 1998 y que terminaría oficialmente en 2003 y sobre el que Naciones Unidas en un informe fechado el 16 de octubre de 2002 (cuatro años después del inicio) dijo: “Para los más de 20 millones de personas que viven en las cinco provincias de la región oriental de la República Democrática del Congo, el número de defunciones directamente atribuibles a la ocupación de Ruanda y Uganda puede estimarse entre 3 y 3,5 millones de personas”. Más recientemente, en julio de 2004, el Internacional Rescue Committee estimaría en 3,8 millones el número de muertes atribuibles directa o indirectamente a la guerra desde el año 1998. Ósea, tal como señalaba al principio se trata de un auténtico genocidio, una guerra consentida y patrocinada en torno a gigantescos intereses y de la que son directamente responsables las grandes multinacionales y los gobiernos poderosos, entre quienes principalmente se encuentra los Estados Unidos.

En realidad el mayor beneficiario del coltán congoleño durante la guerra fue Ruanda. Según informes de Human Right Watch, el Ejército regular, o bien alguna de las guerrillas que financiaba, empleaba prisioneros hutus, así como a población local, incluidos niños para la extracción del mineral en los yacimientos de aluvión que salpicaban el área bajo su control. Antes de que el mineral fuera transportado por carretera o avión a Ruanda habría pasado por cuatro o cinco comisionistas, generalmente miembros de alto rango del Ejército o de alguna de las facciones guerrilleras. Una vez en Ruanda, el mineral pasaba al departamento administrativo informal ‘Congo Desk’ y dos empresas: Rwanda Metals y Grands Lacs. La organización de Uganda en la extracción del coltán, según informes de la ONU, era mucho menos sistemática y piramidal, y también estarían involucrados altos cargos del Ejército o de las guerrillas financiadas, entre otros, por un hermano del actual presidente de Uganda.

A partir del año 2001 la ONU había enviado a la zona un “grupo de expertos”. Los informes por ellos elaborados proponían para acabar con la guerra la declaración de un embargo en la zona tanto de armas como de las importaciones y exportaciones de oro, diamante y coltán sobre los países invasores. De la misma forma, proponían sancionar tanto a los países como a las empresas que incumplieran con el embargo. También aconsejaba una congelación de los activos financieros de los movimientos rebeldes (aliados de los países invasores) y sus líderes y que se estableciera un proceso de certificación de origen del diamante, oro y coltán.

Los innumerables informes de diversas ONG o de la propia ONU que iban saliendo a la luz, y que acusaban a Ruanda y Uganda del expolio de las riquezas minerales del Congo, permitieron una cierta presión internacional y el establecimiento de listas negras de empresas que operaban en la zona. Así 34 empresas (27 occidentales) fueron acusadas de importar coltán y se consiguió que la compañía aérea belga Sabena suspendiese el transporte del mineral que realizaba desde Kigali (capital de Ruanda) a Bruselas. Sin embargo, esta maniobra era una tapadera ya que, otras rutas alternativas siguieron funcionando, y un considerable porcentaje del coltán congoleño siguió saliendo al mercado camuflado como procedente de Brasil o Tailandia.

Las medidas tomadas resultaron muy poco efectivas y en el Consejo de Seguridad no se llegó a ningún acuerdo para adoptar otras más influyentes. En realidad, ni el Gobierno de EE UU ni los de la Unión Europea mostraron verdadera voluntad política para acabar con el conflicto en detrimento de sus intereses particulares. Más bien al contrario: muchos países occidentales siguieron ayudando a Uganda y Ruanda tanto militarmente como a través de cuantiosas “ayudas al desarrollo”. Por ejemplo, la agencia de ayuda británica (DFID) anunció en septiembre del año 2000 un préstamo de 95 millones de dólares sobre un periodo de tres años para ayudar al Gobierno ruandés. Resulta paradójico y difícil de comprender cómo era necesaria una ayuda a países que poseían los suficientes recursos para invadir a su vecino.

Ruanda y Uganda no sólo se beneficiaron durante el periodo de guerra de la ayuda de los países donantes, sino que parte de sus deudas externas fue cancelada y además fueron considerados como modelos de desarrollo económico. Vergonzoso, ya que, todo es una auténtica manipulación que enmascara un atroz comercio para el enriquecimiento de multinacionales y los países más poderos a través de una auténtica carnicería y vil explotación humana.

Por otro lado, la ayuda militar también continuó durante el conflicto, y fueron firmados planes de cooperación entre EE UU y los dos países africanos. Sorprendentemente, el acuerdo con Ruanda llegó después de que una de sus guerrillas tomase Bukavu, la capital de Kivu Sur, en mayo-junio de 2004.

Una vez más, el consumismo, la globalización y la masificación han condenado de forma directa, a millones de personas a la muerte. ¿Hasta donde es éticamente correcto dejarnos llevar por el consumismo, para disfrutar de nuestros ordenadores, móviles y demás cacharros electrónicos?