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Comienzan las talaveranas ferias de San Mateo 2010 y les
prometo que no estoy para ferias, fiestas ni
acontecimientos sociales de ninguna índole. Desde que
cumplí el medio siglo de existencia me he quedado como
destemplado. Mi vida es como una parrilla de salida de
coches amontonados en la que ninguno puede arrancar.
Miro para atrás, adelante y a los lados y todo lo veo
negro. El médico me ha dicho que tome besitran y
Martín, mi compañero del alma, que eche un buen polvo.
Agradezco las sugerencias del doctor y de mi querido
Martín, pero ni tengo ganas de meter mierda en el cuerpo
y tampoco se si mi amorcillado miembro viril podría, en
un momento dado, estar a la altura de las
circunstancias. Pongamos pues, tupido velo ya que como
reza el sabio refranero, a buey viejo, no le falta
garrapata y habrá que ir haciéndose a la idea de
ahora en adelante, de tener que ir soportando el rigor
de los años.
Mi carácter hipocondríaco me obligaba a acudir una
madrugada de hace tres semanas al servicio de urgencias
del hospital. No podía respirar, me ahogaba, un enorme
desasosiego no me dejaba vivir y merodeaban por mi
cabeza las más terribles enfermedades y tenebrosas
ideas. Mientras esperaba me llamasen, una señora
peruana, acompañada por todo un séquito de familiares y
allegados se quejaba de un terrible dolor en la espalda;
una pareja de jóvenes chinos permanecían estáticos y en
silencio, era un misterio el motivo de la visita a
urgencias de la oriental pareja; un gitano, acompañado
por su prole, porfiaba con los guardas jurados; un
rumano, se quejaba a voz en grito de un tremendo golpe
que tenía en el píe izquierdo, ya que según explicaba,
se le había caído una televisión encima y una señora
marroquí, escondía su rostro tras sendo velo, mientras
se quejaba de un enorme dolor de estómago. Mientras
tanto, las ambulancias iban y venían, los celadores
dormitaban; la gente allí presente se quejaba,
protestaba y discutía. Una señora mayor me preguntaba:
“¿y a Vd. que le pasa?”, “que me asfixio señora”, la
respondí escueto y secante. “Jesús…”, profirió a
continuación la buena mujer.
Tras más de tres horas de espera y una vez realizadas
las pruebas de rigor, un joven médico ecuatoriano me
diagnosticaba ansiedad y me dosificaba un ansiolítico.
Así pues, cuando asomaban tímidas, las primeras luces
del día, comenzaba medroso, el trinar de los pájaros y
con la alegría de no ser víctima de ninguna mayúscula
miseria en mi organismo, regresé a casa con el firme
propósito de dormir a pierna suelta.
Me levanté de la cama aturdido y destemplado. Cuando
estaba en la ducha, por un instante recordé los consejos
de mi buen amigo Martín, pero confieso que fue algo
efímero pues de súbito se me vino a la cabeza que era
domingo y aún no había escrito mi artículo semanal para
LA VOZ DEL TAJO. Me vestí, encendí el ordenador y poco a
poco mi cabeza se iba amueblando. Me di cuenta que tenía
que hacer la declaración sobre la renta, ir al banco a
negociar la hipoteca, pasar la I.T.V., recurrir dos
multas de tráfico, pedir cita en el centro de salud… De
nuevo me ahogaba, aunque en esta ocasión, no me preocupé
demasiado, pues un médico ecuatoriano me había dicho la
noche anterior que era ansiedad.
Con crisis o con ansiedad (para quienes la padecemos)
deseo a todos unas muy felices ferias y fiestas de San
Mateo 2010. |