Para Inés, mi hija

 

Desde la Plaza de España,

a la calle de Alcalá,

hace parada en Callao,

mirando tímida a Sol.

La contempla La Cibeles,

la acechan Montera y Chueca

y de testigo Princesa,

San Bernardo y Hortaleza.

 

Gran Vía de Madrid,

artería cosmopolita,

de la historia y de la moda,

del arte y de la cultura,

del comercio y del turismo,

del ocio y de la locura,

del encuentro y el abrazo,

de la pasión y la aventura.

 

Catedral de asfalto y hormigón,

Broadway madrileño

de curas, comunistas,

putas, obreros,

reyes, políticos,

anarquistas, artistas,

republicanos, puritanos,

pordioseros, ladrones,

déspotas, toreros…

 

Gran Vía de Madrid,

cien años de senda y de leyenda,

transitar de guerra, muerte y vida,

albergue de sueños renovados,

cobijo universal de visitantes,

espejo del Madrid mundano,

resorte del foro financiero,

calzada de trajín inagotable.

 

Despliegue de lecheras y guindillas,

que van a cazar a una cuadrilla

de randas, cuatreros y gentuza.

Una puta engatusa en una esquina,

un artista emulando a Sabina,

el 112 limpiando la ansiedad de una vecina,

un titiritero aguardando una propina;

una Gran Vía que no entiende de rutina.

 

Policía, sirenas y ambulancias,

trasiego interminable de codicias,

anhelo de poetas y pintores,

refugio de efímeras pasiones,

posada de amantes y malandrines,

morada de abundancias y miserias,

regazo de una esencia incontestable

que esta en Madrid y es la Gran Vía.